El debate sobre los estándares de belleza ha dejado de ser exclusivo de las mujeres. Hoy, cada vez más hombres se enfrentan a presiones estéticas que rayan en lo descabellado, y el fenómeno de las cirugías para alargar las piernas es prueba de ello.
El tema volvió a la conversación pública tras el estreno de Materialists, la nueva película de la cineasta coreano-canadiense Celine Song. En ella, Pedro Pascal interpreta a Harry, un millonario atractivo que oculta haber pasado por una dolorosa operación de alargamiento de piernas para ganar quince centímetros de altura. La revelación impacta tanto en la trama como en la audiencia, pues conecta con un debate real: la obsesión con la estatura masculina en la cultura contemporánea.
No es la primera vez que la altura aparece como un factor en el terreno amoroso. Series como Sex and the City ya habían retratado la incomodidad de algunos hombres con su baja estatura. En la vida cotidiana, plataformas de citas como Tinder incluso han probado filtros para seleccionar posibles parejas en función de la altura, reforzando un estándar que discrimina a quienes no alcanzan cierta medida.
La cirugía de alargamiento de piernas, antes limitada a casos médicos, comenzó a popularizarse en China en los años 2000 y hoy crece en Estados Unidos y Europa. Según estimaciones de mercado, esta industria podría alcanzar los 6.400 millones de libras en 2030. El procedimiento es brutal: implica fracturar los huesos de las piernas, insertar varillas metálicas y expandirlas lentamente durante meses. El proceso, descrito por periodistas como “tortura medieval”, puede costar hasta 250.000 dólares y conlleva riesgos graves, entre ellos problemas articulares, coágulos sanguíneos y lesiones nerviosas.
Aunque algunos estudios señalan que los hombres de menor estatura ganan menos y enfrentan barreras románticas, la pregunta de fondo persiste: ¿vale la pena poner en riesgo la salud por cumplir un estándar de belleza arbitrario? La explosión de este tipo de cirugías muestra que la tiranía de los ideales físicos ha alcanzado también a los hombres, empujándolos a extremos donde la apariencia prevalece sobre el bienestar.
