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La visión pavorosa de lunas escuálidas me satura los ojos y la boca.

Miento porque oculto

lo que me hace ser real.

Miento porque siento

que esa es la verdad.

 

Miento porque Dios

me dijo "Mentiras, esa es tu condena,

el pecado original".

 

Miento desde antes y mentiré después.

Miento de venganza

y miento de placer.

 

Miento porque así

mentiras haré saber

y sabiendo que es mentira

a mentiras volveré.

 

Miento porque mintiendo

nada conseguiré

y como no consigo nada

pues siempre mentiré.

 

Miento por la angustia

que me has hecho sentir

y espero que ahora sepas

que siempre he de mentir.

 

Miento en los poemas

que arrastro sobre mi

y no creas cuando muera

que hasta en eso he de mentir.

 

Miento cuando digo

que te he sido fiel

y por esa gran mentira

miénteme también.

 

Diría que no miento

pero eso sería mentir

y espero que nos mintamos

y así poder vivir.

 

Miento aquel mundo

que me obliga a madurar

y acojo la mentira

a la que el mundo me ha de atar.

 

Me miento a mí mismo

lo cual es lo peor

ya que creo en mis mentiras

y desato la pasión.

 

Miento porque así

la mentira llevara

a que todos nos mintamos

si es que existe una verdad.

Me dejó en un paradero fuera de la autopista, una parada en la caletera donde podría tomar un bus de vuelta a mi ciudad. Antes del adiós, me dio un billete para el pasaje y mirándome fijamente a los ojos se despidió de mí. Ha sido increíblemente esplendida tu visita, espero que tu vida mejore – me dijo como si supiera lo que había pasado, y con un beso dulce en los labios se terminó todo. En fracción de segundos comprendí que la fantasía llegaba a su fin y la realidad me dio una cachetada dolorosa. Lo miré y contuve las ganas de llorar. De emoción de tristeza, no lo sé realmente. Me bajé rápido de la camioneta roja y lo miré alejarse.

Luego de terminar de comer, lavé la taza que usé, la dejé en el lavaplatos boca abajo y me tendí en la alfombra frente a la chimenea encendida. El calor era tan reconfortante, la alfombra era muy gruesa y lanuda, era esponjosa y calentita, puse un cojín de la cama como almohada sobre la alfombra y me arropé con el chal del hermoso sillón de madera. Estaba envuelta en esa atmosfera rara y me gustaba la sensación de no ser yo misma por un tiempo, la pregunta sería cuánto.

Estaba tan oscuro y llovía tanto, me hubiese encantado estar aún en la fiesta, bailando y bebiendo vino para calentar el cuerpo, riendo, entretenida con la música. Pero lo único que escuchaba era el sonido de los vehículos corriendo a toda velocidad junto a mí; con las ráfagas me recordaban dónde estaba y el miedo que sentía, llegué a tener pena de mí misma.