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La vecina se llama Juana Romero y todos la conocen como la señora Juanita porque así le gusta a ella que le digan, es muy chismosa y en serio conoce la vida de todo el pueblo, aunque no creo que sepa de mi situación especial.

Un psiquiatra después de conversar conmigo una tarde entera resolvió que yo no soy una persona completamente cuerda ni mucho menos, estoy loca de remate, pero en mi conducta predominan unos rasgos llamados por el autor de dichas frases como psicopáticos.

- ¿Qué? - me dije a mi misma - ¿es que acaso soy una psicópata?

La mañana pasó rápido, hubo varias ventas. Corría un poco de viento esa tarde, estaba caluroso pues se acercaba el verano, ya estábamos a punto de cerrar para ir a almorzar, cuando entró a la zapatería una mujer rara, con un bonito cuerpo que era opacado brutalmente por su rostro; tenía una horrible hendidura en su pómulo derecho, una tremenda cicatriz que comenzaba en la comisura de los labios y terminaba en la oreja izquierda o quizás viceversa. Fue inevitable quedarse mirándola y ella lo notó, se sonrojó y escondió aún más su feo rostro bajo el abundante cabello rubio que tenía suelto, se apoyó en el mesón y me habló.

Me llamo Joaquín y trabajo vendiendo zapatos, lo sé “ni un brillo” pero no es tan fome como creen y la paga me alcanza para mis gastos y algo más, así que estoy bien. En la zapatería trabajamos pocas personas: Don Mario que, como todo buen jefe, llega tarde, falta cuando quiere y a veces se va a almorzar y al volver no atiende público por sentirse “indispuesto” aunque en realidad es evidente su olor a vino. También, dos vendedores, uno de ellos soy yo y la cajera.

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